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La ciudad de México no es la excepción. Año con año se acentúan los problemas, muchos de los cuales derivan de la falta de planeación de los gobernantes en turno, del mal uso de los recursos (de por sí ya tan limitados), de la corrupción o la negligencia e ineficiencia, entre otras características.
Y la historia, por desgracia, no deja de repetirse, pues tan sólo en los años que corren de la administración actual hemos sido testigos del crecimiento de tres grandes calamidades que nos agobian: la inseguridad pública, la escasez de agua y, ahora, al caos en la recolección de la basura.
Todo esto, sin contar el hacinamiento, los congestionamientos viales, el pésimo transporte público, el deterioro del medio ambiente y otros más que resulta innecesario mencionar, pues bien los conoce y padece la ciudadanía, un día sí y otro también.
En cuanto a la seguridad pública, sabemos que por años se han maquillado las cifras y estadísticas delincuenciales, pues estamos conscientes –lo vivimos a diario– de que no hay avances dignos de mención, sino todo lo contrario. Si se hubiera cumplido la propuesta de Alejandro Martí de que los incapaces se regresaran a su casa –“si no pueden, ¡renuncien!”–, más de uno hubiera dejado el cargo desde hace rato, incluido, quizá, el actual jefe de Gobierno de Distrito Federal, lo mismo que los gobernantes de otras megaciudades.
De igual forma, si nos referimos al caso del agua, salen a flote las grandes omisiones relativas a la creación de una infraestructura hidráulica que desde el primer día de gobierno se debió haber impulsado, en lugar de tener que acudir al recurso de aterrorizarnos con la amenaza de que ya nos vamos a quedar sin una gota. No ha sido tampoco capaz este gobierno de instrumentar un sistema de captación de la lluvia, ni de remediar las fugas en las tuberías, pese a que hasta la saciedad se ha dicho que ahí desperdicia alrededor de 30% del agua potable de la ciudad. Ni siquiera hay campañas permanentes de educación para el mejor uso y manejo de este recurso vital, entre otras prioridades que se han desatendido.
Lo mismo ocurre cuando vemos el caso de la basura, pues en pleno siglo XXI es una vergüenza que esta ciudad no se cuente con plantas de reciclamiento para aprovechar los residuos sólidos, que incluso pueden llegar a ser un buen negocio. Vaya, ni siquiera ha funcionado el plan de separar la basura orgánica de la inorgánica (pese a toda la voluntad y el ánimo de colaboración ciudadana), lo que también en este rubro evidencia la ineptitud e insensibilidad de las autoridades capitalinas.
A diferencia de otras metrópolis del mundo, donde se enfrentan estos gigantescos problemas con acertados programas y decisiones, aquí en el Distrito Federal prevalecen el caos, la ineficiencia y la improvisación de quienes supuestamente gobiernan tanto la capital entera como las diferentes delegaciones políticas.
Pero, eso sí, organizan desfiles triunfalistas, ridículos, socarrones y absurdos para celebrar los “logros” del tercer año de gobierno, con lo que se evidencia que nuestras autoridades capitalinas son seguidoras de ese viejo apotegma, atribuido a los emperadores romanos, de que al pueblo hay que darle pan y circo. Lo peor es que en este caso hay mucha pobreza y escaso alimento –poco pan–, a la par de un sobrado y cínico populismo –mucho circo–, que rechazamos y que, como se vio hace unos días, sólo sirve para la autocomplacencia de Marcelo Ebrard y su gabinete. ¡Ya ni la burla perdonan!
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