| Centenario: un gran circo de tres pistas |
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A unos cuantos metros y poco tiempo después, ya instalado en el Hemiciclo a Juárez, Andrés Manuel López Obrador reincidía en el fuego fatuo de la pirotecnia politiquera. Para rematar, ya entrada la noche, Marcelo Ebrard, en su ruta acostumbrada del espectáculo bajo el principio de pan y circo nos tenía la sorpresa de que el discurso oficial estaría a cargo de su nuevo aliado, Cuauhtémoc Cárdenas, una vez ninguneado por su antiguo jefe, el Peje. Enseguida, el tono cansino y lleno de lugares comunes de Marcelo Ebrard, quien se remontó tres décadas atrás, sin ofrecer propuestas realistas y trascendentes, menos aún novedosas. Así, salvo la administración federal, que desde el año pasado dio a conocer abiertamente que el bicentenario de la independencia nacional sería un motivo de celebraciones, los demás que en su momento lo criticaron, al final incurrieron, como se comprobó, en prácticas patrioteras. La sociedad demostró una vez más su distancia e indiferencia hacia los políticos y sus malabarismos de diverso signo que apenas recibieron el aplauso servil de los grupos minoritarios que ahí asisten como sus corifeos o socios del club de elogios mutuos. El pueblo, en cambio, conmemoró y celebró, pero con equilibrio, mesura y sin regateos las gestas del pasado como punto de partida del reconocimiento de las condiciones presentes, que no son reconfortantes ni positivas. En general se sintió un ánimo positivo de quienes aún creen en el trabajo, en la defensa de las instituciones y en la necesidad de seguir ahondando en los espacios de la democracia. A la vez, con el ánimo genuino de contrarrestar al menos esas manipulaciones, fallas, corrupción e impunidad de sus gobernantes, así como mantener el paso con esperanza y decisión para evitar que el país se siga hundiendo en la ineficacia, la frivolidad o los afanes del poder por el poder mismo de quienes ocupan ahora los más altos cargos de dirección del país o de liderazgos en supuestos frentes oposicionistas, llámense Calderón, Ebrard, López Obrador y en general quienes encabezan –¿descabezan?– los partidos políticos y las cámaras de representación disque popular. En todo caso, es evidente que le sigue faltando al país la reflexión y el diálogo, pues si acaso alguien se acordó de esos temas en estas fechas de aniversarios de la Independencia y la Revolución, sólo fue de manera tangencial, cuando esos temas debieron haber sido la principal motivación para empezar a cambiar tantos males que tenemos. No obstante, algunos grupos y organismos ciudadanos y académicos tuvieron una intervención apreciable y sus resultados irán permeando junto al renacimiento de movimientos ciudadanos reivindicativos que harán a un lado a los expertos del gatopardismo que están empeñados en que todo cambie para que todo quede igual, o los populistas cobijados en luces y sonidos de fuentes bailarinas y destellos de una tecnología efímera y de ocasión, al igual que los demenciales y nostálgicos iluministas del bando autoritario. Algo muy importante es que frente a las nuevas generaciones rebasemos en definitiva esa apología de la violencia propia de los movimientos radicales, que hoy serían un señuelo de cambio, pues está visto que representan retrocesos y rezagos de décadas frente al progreso de naciones que cambian y avanzan pacíficamente, con trabajo fecundo, certidumbre, confianza y estabilidad política y económica para elevar la calidad de vida, apuntalar instituciones y activar una democracia plena en todos los órdenes de la vida social. Sería oportunidad para dejar claro también que hace un siglo el autoritarismo y la obsesión de un dictador que se negó al cambio democrático ocasionaron levantamientos, además de una serie de alarmantes indicadores de pobreza, marginación, atraso y analfabetismo, de tal manera que si ahora ya conseguimos esa democracia tan costosa y anhelada, aun cuando nos falte profundizarla, nada ni nadie debería provocar tales ánimos encendidos y de violencia que ni en el presente ni para las futuras generaciones puede resultar útil para conseguir una mayor prosperidad individual y colectiva. En fin, nos hemos llenado en las semanas recientes de preguntas que es importante formularnos, juntos y por separado en los próximos tiempos, en el entendido de que estas fechas representan el aniversario del inicio de esos movimientos sociales del siglo XIX al XX, mas no su conclusión, por lo que en el 2011 deben cursarse estas asignaturas en buena medida pendientes del diálogo y la reflexión nacionales, en paralelo con una creciente ciudadanización que sustente la defensa de las libertades, la democracia, la equidad y la justicia social, además de que constate los avances exigidos y asegure una inmunización de la debacle histórica del viejo Revolucionario Institucional, las inercias de Calderón, la demagogia de Ebrard y las locas provocaciones de López Obrador. Vamos, entonces, de aquí en adelante, a conmemorar, celebrar y asumir plena y conscientemente nuestro pasado, aprovechar mejor el presente y asegurar con dignidad el futuro.
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