| Bien por Ruth Zavaleta |
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A este catastrófico panorama se suma ahora la renuncia significativa de una militante que estuvo presente desde la fundación de esa organización. Me refiero a la guerrerense Ruth Zavaleta, quien ha ocupado cargos estratégicos tanto en el gobierno local, al frente de las secretarías de Desarrollo Social y de Finanzas, y después como jefa delegacional en Iztapalapa, como en el campo legislativo, primero en su calidad de representante en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal y luego en la Cámara de Diputados, donde fungió como presidenta de la mesa directiva. Ha sido la suya una renuncia valiente y comprensible, pues el PRD se ha cerrado a la crítica y a la autocrítica y ha permitido la prevalencia de los caudillismos, que son la antítesis de la democracia, de los derechos humanos y de las libertades que supuestamente enarbola en su ideario. Ha sido triste ver cómo ese partido ha ido perdiendo cuadros muy importantes, hombres y mujeres que creyeron en ese proyecto y participaron en él desde sus inicios, confiados en que por ese canal se encauzarían los cambios que el país necesita, y que ahora ven con desánimo y decepción que el organismo que ellos impulsaron ha pervertido sus ideales y ha ido arrojando a un lado a muchas personalidades valiosas. Es la larga crónica de una muerte política anunciada, llena de desavenencias, reduccionismos, coacciones y represión política hacia el interior, junto a una obnubilación ante la realidad. En su renuncia, Ruth Zavaleta describe cómo se han venido registrando de manera sistemática conductas improcedentes y actitudes lejanas al diálogo y a los acuerdos como instrumentos de cambio social. “Creí en un partido solidario, moderno, eficaz y eficiente que impulsaría los acuerdos para construir un proyecto de nación que beneficiara a las mayorías”, señala, antes de agregar: “Hoy, la concepción de la nueva izquierda por la que luchamos al interior del PRD fue desplazada por la de seguir dependiendo del candidato en turno; se renuncia al fortalecimiento regional y la estrategia de fortalecimiento institucional; se cambia el dialogo por la estridencia y se ha privilegiado la descalificación y la agresión al razonamiento y la solidaridad. Ante ello, el partido disminuye su competencia electoral y su definición de institución de acuerdos y pierde credibilidad y confianza de los sectores mayoritarios”. A esa descripción yo le agregaría la incongruencia de que ex priistas ambiciosos e inescrupulosos, como Manuel Camacho Solís y Marcelo Ebrard, dispongan de espacios de privilegio y de control dentro del partido e incluso en el llamado Frente Amplio Progresista. Habría que extender ese cuestionamiento a todos los fardos que suelen aparecer en los templetes presidiendo los mítines con sus desprestigiadas biografías. Tan sólo había que recordar que cuando Camacho fue regente y Ebrard su secretario general de Gobierno, se les llegó a acusar del primer fraude cibernético electoral, pues con sus operativos el PRI ganó casi todas las diputaciones de la ciudad de México, si acaso el PAN obtuvo un par de posiciones y el PRD ninguna, al grado que estando Ebrard en el número uno de la lista plurinominal priista no pudo llegar a la Asamblea Legislativa. De igual forma, cuando por instrucciones del presidente Carlos Salinas de Gortari bloquearon abiertamente el plebiscito ciudadano que aspiraba justamente a democratizar las estructuras de poder de la capital de la república. Y claro, viene a la mente la influencia de su cómplice, aliado e impulsor: Andrés Manuel López Obrador, a quien se debió expulsar desde hace mucho tiempo del PRD por éstos y otros tantos perjuicios que ha generado a la izquierda mexicana. Como se ve, a Ruth Zavaleta, como a miles que han dejado ya ese partido, les sobran razones y argumentos para respaldar su decisión. Por fortuna, son muchas y muchos quienes habiendo abandonado al PRD pueden formar una fuerza política más creíble, talentosa, recta y con el aprendizaje suficiente para no incurrir en esos errores que están a la vista de todos, además de tener un punto de partida sin corruptelas ni relaciones conflictivas desintegradoras e incongruencias. México necesita una izquierda inteligente, incluyente y tolerante que por la vía pacífica del dialogo promueva y fortalezca lo mismo la economía popular que la educación, la salud y en general la equidad social, tan mermada en nuestros días. Pero, sobre todo, que deje atrás esos demenciales iluminismos y la mediocridad de quienes más que dirigentes son los responsables de los grandes fracasos y la inviabilidad de la izquierda mexicana desde finales del siglo pasado hasta nuestros días.
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