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 El desencanto con el sistema actual de partidos y la ineficiencia y cinismo de los “representantes populares” es tan grande que desde meses atrás empezó a gestarse una intensa campaña surgida de la sociedad civil, con la participación notoria de politólogos e intelectuales y organizaciones no gubernamentales. Estos personajes y organizaciones coincidían en su propuesta de anular el voto a manera de protesta ante una asfixiante partidocracia, que lejos de representar y encauzar las demandas sociales, económicas y políticas de la ciudadanía, sólo se ha ocupado de ella misma y sus intereses particulares.

A la vez, se anticipaba un elevado porcentaje de abstencionismo, como suele registrarse en este tipo de elecciones intermedias, pero con el agregado en esta ocasión de muchos otros ciudadanos que dejarían de ir a las urnas a causa del desencanto reinante.

Por otro lado, las encuestas dejaban ver que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) había ido ganando terreno y ya alcanzaba cierta ventaja sobre su contrincante más cercano, el Partido Acción Nacional (PAN), aun cuando todavía era cerrada la competencia. Donde sí se avizoraba de antemano un voto muy disminuido era en el caso del Partido de la Revolución Democrática (PRD), que se ha empeñado en profundizar y exhibir sus rencillas internas, lo que naturalmente le ha restado simpatías. A esto se sumaba el voto dividido para los partidos de izquierda, además de la escasa preferencia por algunos de ellos, apenas suficiente para los más pequeños, e incluso se vaticinaba la desaparición del Partido Socialdemócrata (PSD), que no alcanzaría el mínimo legal de 2% de la votación nacional.

Ahora, apenas pasada la jornada electoral, puede comprobarse que el PRI se alzó como el gran ganador al obtener una votación considerablemente más alta que los demás partidos (36.8% a escala nacional), aunque la ventaja es incluso mayor de lo que se preveía, a tal grado que, a partir de los resultados preliminares, se calcula que el tricolor tendrá 237 diputados federales, frente a 143 del PAN y 72 del PRD. Además, si se le suman los votos del Partido Verde Ecologista (21 diputados federales, se calcula), con quien el PRI fue en coalición en muchos casos, se prevé que el Revolucionario Institucional alcance la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, con lo cual tendrá un amplio margen de acción.

Y si nos referimos a las gubernaturas que estaban en juego este 5 de julio, también apreciamos el notable avance del partido tricolor, pues todo parece indicar que ganó cinco de las seis que estaban en disputa. Estos triunfos incluyen dos de los bastiones panistas del centro de la república: Querétaro y San Luis Potosí, que el blanquiazul no pudo conservar.

Lo más destacado de esta jornada electoral fueron las elecciones para diputados, pues aunque ningún partido obtuvo más de la mitad de las curules, el PRI casi alcanzó esa cifra (según los cálculos preliminares, tendrá 47.4% de diputados, entre los de mayoría y los plurinominales), con lo que podrá aprobar por sí mismo algunas leyes para las cuales basta la mayoría relativa. En cambio, si se pretende hacer modificaciones a la Constitución Política, lo que implica contar con dos tercios de la votación, se requerirá el acuerdo entre los dos partidos mayoritarios. De lograrse esta alianza PRI-PAN, se contará con un margen holgado de votos, por lo que las iniciativas pasarán sin mayores trámites ni negociaciones con los demás grupos parlamentarios.

Con este notable avance, el PRI se perfila como favorito para las elecciones del 2012, aunque la fecha aún está lejana y muchas cosas pueden ocurrir en este lapso. Lo que resulta indudable es que al PAN los electores le cobraron la crisis económica actual y las estrategias deficientes en su campaña de información y propaganda.

Por lo que toca a la capital del país, se refrendó la mayoría perredista y, tal como se auguraba, el PAN retuvo las delegaciones Benito Juárez y Miguel Hidalgo, además de ganar sorpresivamente Cuajimalpa, lo que constituye un revés para el gobierno capitalino. Además, aquí se registró el porcentaje más alto de votos anulados (10%), muy por arriba del promedio nacional. Asunto aparte es el de Iztapalapa, donde salió triunfador el personaje conocido como Juanito, candidato del Partido del Trabajo (PT) y encumbrado por Andrés Manuel López Obrador.

Lo que no lograron estas elecciones fue contener la enorme decepción ciudadana, tanto por los que no fueron a votar, que constituyeron más de la mitad del padrón electoral (55.3%), como por los que sí lo hicieron pero anularon su voto, que a escala nacional representan 5.4%, el mayor porcentaje en ese tipo de voto que se haya registrado históricamente (en los comicios de 2006 fue de 2.5%) y que, por cierto, rebasa a la votación de los cuatro partidos pequeños: PT, Convergencia, Nueva Alianza y PSD; este último partido, como se preveía, no alcanzó la votación necesaria para conservar su registro.

Más allá de las cifras, se mantiene la incredulidad, la desconfianza y el divorcio entre ciudadanos y partidos políticos, incluidos sus gobernantes. Pasadas las elecciones, seguimos dudando de que nos representen, inmersos como están en esa espiral involutiva donde el poder los ha cegado con la pretensión obsesiva –e incontenible, al parecer– de ser cada día más ricos y más poderosos.

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