| Alianzas a modo |
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Es con respecto al otro criterio, el de si son o no procedentes, donde se abre la controversia y las contradicciones. Todo este revuelo se ha originado en la probabilidad de que se consumen alianzas entre dos partidos completamente opuestos, PRI y PAN, para acudir juntos a las contiendas electorales de julio próximo en Durango, Hidalgo, Puebla y Oaxaca. En esta coyuntura política han surgido voces disidentes, incluso dentro de los propios partidos, que se oponen de modo terminante a cualquier tipo de coalición y cuestionan a sus propios dirigentes por proponer y avalar ese camino tan poco ortodoxo para desplazar al priismo del poder en dichos estados. Sin embargo, no hay que remontarse demasiado para recordar que quienes fustigan hoy a las alianzas vieron con simpatía su formación cuando así les convino. Tanto Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador, como Vicente Fox, no sólo las aceptaron para su causa electoral sino las promovieron en diferentes coyunturas. Quizá, entonces, lo que falla ahí es un par de factores poco comunes en la política: ética y congruencia. Desde esa perspectiva, ya se ve que las alianzas de ayer y de hoy responden a componendas e intereses de tipo electorero, pues es evidente, para empezar, que no implican y compromisos frente a la ciudadanía. No basta, pues, que PAN y PRD pretendan autoconvencerse de que hay ciertos gobiernos priistas indeseables y que para erradicarlos se justifica cualquier incongruencia, pues también hay gobiernos panistas y perredistas en diferentes entidades federativas que pueden calificarse como detestables por sus pobres resultados. Queda claro, por lo menos para mí, que las alianzas proceden cuando la disyuntiva de un país depende de que se expulse al tirano, a aun mal gobierno por corrupto, represivo, autoritario o traidor a los intereses de la patria, que no es el caso de México en estos momentos, con todo y las ineficiencias de unos y otros colores. Los ciudadanos, las ciudadanas se preguntan no sólo qué es lo que anima y pudiera justificar a las alianzas, sino, sobre todo, cómo es posible que grupos tan contrarios en ideologías y propuestas puedan cambiar de rumbo y de aliados y dejar atrás los principios. Seguramente las mayorías deducen que son meras jugarretas que se alientan por meras conveniencias, en aras de la obtención del poder por el poder mismo. Tanto los gobiernos del PAN como los del PRD que ahora quieren aliarse son muy similares en la práctica y ninguno ha comprobado hasta ahora que represente un verdadero cambio para México. Esto no excluye al PRI y a su trayectoria gubernamental de siete décadas en la Presidencia de la República y a su gestión, incluso hasta la fecha, en gobiernos estatales y municipales. Inevitablemente surgen otras preguntas en el caso de que se establezcan alianzas entre PAN y PRD:¿El PRD pedirá perdón a Calderón y rectificará –sobre todo las huestes lopezobradoristas– para admitir que el panista siempre sí es el presidente legítimo, de tal manera que el propio López Obrador defeccione o renuncie a su supuesta “presidencia legítima” de la República? ¿Pararán las diatribas panistas contra la Asamblea del Distrito Federal, por sus posturas en cuestiones de respeto a las preferencias sexuales y en otros aspectos de sus propias plataformas ideológicas y programáticas que se han materializado durante años en polémicas mutuas casi interminables? Una última y esencial pregunta: ¿Por qué los partidos no orientan sus esfuerzos, voluntades y recursos enormes que ellos mismos se concedieron para hacer mejores gobiernos y obtener el voto de la mayoría sin tener que refugiarse en contubernios incongruentes? En otras palabras, ¿por qué no se esfuerzan para obtener triunfos que les den los hombres y las mujeres de México a través de su voto como premio a sus resultados y su congruencia?
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