| Al rescate urgente de nuestros adultos mayores |
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En aquellos tiempos, en México eran frecuentes los casos en los que la familia vivía en casa de los ancianos, o éstos, ya fuera por viudez o incapacidad física, se mudaban con sus hijos o nietos. El hecho es que no se les dejaba solos sino, por el contrario, se les protegía y cuidaba y se les sabía merecedores de un enorme respeto por motivos de gratitud y en razón de su experiencia y sabiduría. Pero vinieron otros tiempos e influencias que habrían de modificar, para mal, algunas de nuestras más arraigadas y generosas tradiciones. Así, las transformaciones económicas y sociales condujeron a la irrupción en nuestra cultura del american way of life. Ya se sabe que, a diferencia de las tradiciones que se han seguido en nuestro país, en Estados Unidos las personas que envejecen no cuentan con un hogar para pasar sus últimos años, sino que se les confina en fríos, aislados y astringentes asilos, donde si bien reciben los cuidados elementales, se les aleja de sus familias y con ello se rompen en buena medida sus vínculos con las generaciones subsiguientes. En cambio, hasta hace algunos años en nuestro país se daba un valor especial a la convivencia entre todas las generaciones. Ese núcleo familiar indivisible se ha ido diluyendo significativamente, con notables saldos negativos para todos, pues abuelas y abuelos representaban un hilo conductor de nuestra cultura, costumbres, tradiciones, historia y, en fin, eran portadores de todo un bagaje de nuestra manera de ser, sentir y pensar. Pero, más allá de estas consideraciones, la realidad se muestra más preocupante cuando nos atenemos a las estadísticas recientes sobre la situación de los adultos mayores que difundió el Instituto de Geriatría a través del libro Envejecimiento humano, una visión transdisciplinaria. Para comenzar, nos dicen que ¡82% padece algún grado de pobreza! Otros datos que nos impresionan son estos: 12% de este grupo de población se ubica en el rubro de pobreza extrema; sólo 45% de los ancianos varones de zonas urbanas tienen pensión o son jubilados, cifra que en las áreas rurales disminuye a sólo 16%. En la mayoría de esos casos (64.5%) las percepciones mensuales no exceden en promedio los dos salarios mínimos. Peor aún, 16% ha recibido maltrato psicológico, físico o económico, o abandono y, de hecho, aproximadamente 10% de los adultos mayores vive en soledad. Por separado debe revisarse el caso de las mujeres de la tercera edad, pues la problemática se agudiza todavía más en ellas, ya sea porque no reciben pago por pensión o jubilación, porque este ingreso es menor, o porque son todavía más discriminadas y maltratadas que los hombres. Por cierto, duele saber que quienes maltratan a unos y a otras son en mayor grado sus propios hijos, seguidos de los matrimonios con quienes viven, nueras y yernos. En ocasiones incluso reciben malos tratos de las trabajadoras domésticas de la familia. Y fíjense bien, si nos atenemos a la información del Instituto Nacional de Estadística y Geografía –que es la institución más autorizada para recabar y difundir estadísticas nacionales–, nos damos cuenta de que cuando hablamos de ancianos o adultos mayores nos referimos prácticamente a 10% de la población. En otras palabras, ¡casi 10 millones de personas! Para mayor precisión, el libro difundido recientemente por el Instituto de Geriatría –y que se basó en diversas investigaciones que se han realizado en los últimos años sobre este tema–, nos dice que se prevé que en 2050 los mayores de 60 años constituirán 28% de la población, equivalente a 36 millones de personas. Por eso, tal situación amerita una revaloración y redefinición de las políticas públicas que garanticen el bienestar de los millones de mexicanas y mexicanos que tanto nos han dado y que forman parte esencial de lo bueno que tiene nuestro país. Así que hay que poner manos a la obra para lograr el respeto y el cuidado de los ancianos, pero ¡hacerlo ya!
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