| A la memoria de un hombre de bien |
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Así, el mundo ha sufrido guerras de la más diversa dimensión y con armas distintas, según la época. Pero la violencia no se restringe a los conflictos bélicos; estas oleadas de agresividad pueden manifestarse en muy diversas circunstancias, en hechos que alcanzan a cubrir de muerte a millones de seres humanos. Ahora somos testigos de una violencia desatada en diversas regiones de nuestro planeta. Mientras que en el Oriente la sociedad se moviliza para expulsar a sus dictadores y recobrar derechos civiles con perfil democrático, en América campea la furia de los carteles del narcotráfico con una dura e intensa confrontación entre los diferentes grupos de delincuentes, a la que se suma la lucha que sostienen contra estas bandas varios gobiernos latinoamericanos, en especial los de México, Colombia, Brasil y Guatemala, en los tiempos más recientes. Y justo en ese vecino país, limítrofe con Chiapas, se extiende la violencia como si se tratara de un moderno jinete del Apocalipsis. Esa avalancha vil e imparable provocó el sábado pasado la muerte del célebre compositor y cantante Facundo Cabral, ultimado por ráfagas de armas de alto poder, víctima de un atentado, que al parecer no iba dirigido a él sino a su acompañante. Así, fue privado de la vida ciudadano del mundo cuyo mensaje inconfundible y perdurable siempre fue amoroso y pacifista. En cuanto se supo la notica, la indignación se esparció por todas partes y de nuevo emergió esa pregunta que cada vez se formula con mayor frecuencia: ¿Qué está pasando en nuestro mundo? Y es que nada o nadie parece detener esta devastación absurda, este crimen del hombre contra el hombre, donde el dinero, las ganancias, “el negocio”, son causa y efecto de un complejo fenómeno. Bien decía el escritor florentino Giovanni Papini que “el oro es el excremento del diablo”. Es urgente aclarar por completo este caso y castigar a los asesinos del célebre cantante argentino, así como acabar con estos sicarios desalmados, sobre todo con quienes les comandan desde la oscuridad de la autoría intelectual, la corrupción y la impunidad. Cabral descansa ya, sin que su voz y su música dejen de sonar, pues nos siguen acompañando hoy y con seguridad continuarán para siempre entre las personas de bien. Por eso quiero recordar una de sus tantas e inolvidables reflexiones: “Nacemos para vivir, por eso el capital más importante que tenemos es el tiempo, es tan corto nuestro paso por este planeta que es una pésima idea no gozar cada paso y cada instante, con el favor de una mente que no tiene límites y un corazón que puede amar mucho más de lo que suponemos”. Quiero, por último, dedicarle a Facundo Cabral las palabras que él mismo escribió en No estás deprimido, estás distraído: “No perdiste a nadie, el que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además, lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón”.
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