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En estos días he estado recordando con insistencia aquella legendaria película basada en la novela de H. G. Wells, La guerra de los mundos, donde la Tierra y Marte se confrontan, con el riesgo de conducir a resultados catastróficos. La moraleja apunta, como bien sabemos, a esas amenazas que pueden generar enormes consecuencias para los que habitan en ambos planetas.
Me viene a la cabeza la historia filmada en 1953 –y reeditada por Steven Spielberg en 2005– cuando me pongo a pensar en ese conflicto que ya empezó y no sabemos cómo terminará, no entre el Estado mexicano y la Iglesia católica, por fortuna, sino entre los intereses particulares sostenidos por el jefe de Gobierno del Distrito Federal (que no por la toda sociedad capitalina) y por un segmento del clero católico encabezado por el cardenal Juan Sandoval Íñiguez.
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Hasta hace algunas décadas, sólo en casos excepcionales ocurría que una ciudad quedara incomunicada. Eso sucedía cuando algún fenómeno natural se imponía más allá de cualquier sistema preventivo.
Años después comenzó a verse afectado el funcionamiento general de las ciudades, sobre todo en las vialidades principales, a causa de bloqueos provocados por manifestantes de uno y otro signo político para expresar sus demandas y protestas, en detrimento de los derechos de tránsito de terceros.
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El domingo pasado, ya entrada la noche, en medio del vértigo provocado por el cambio de canales desde el control remoto de mi televisor en busca de algo que valiera la pena, localicé una película reveladora y descarnada en torno a la problemática del mundo texano.
Filmada en 1971 por el director neoyorquino Peter Bogdanovich, La última película (The last picture show), protagonizada por una jovencísima Cybill Shepherd y los también casi adolescentes Jeff Bridges y Timothy Bottoms, desnuda las actitudes, prejuicios, anhelos y mezquindades de la sociedad de un pueblo texano en los años cincuenta. Un drama que si bien alude como tema principal al choque entre dos generaciones que se ven envueltas en el vacío, la soledad y el desamor, también muestra, así sea indirectamente, la visión despectiva y hostil hacia México y lo mexicano que se tenía hace más de 50 años.
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Desde hace varias décadas el gobierno mexicano ha venido impulsando diversas campañas para regular la natalidad, sobre todo a partir de los años setenta del siglo pasado. Aunque los resultados de esas políticas han sido notables, en algunos casos aún hay pendientes e, incluso, retrocesos.
Recordemos que hace 100 años, justo en 1910, se registraban casi 32 nacimientos por cada mil habitantes, lo que significaba una tasa de fecundidad superior a seis hijos por mujer. Hoy, la tasa global de fecundidad en México es de dos hijos por mujer.
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En materia de salud, en esta década se pueden observar luces y sombras con respecto al criterio de los gobernantes y funcionarios en turno para enfrentar las enfermedades, tanto las ya conocidas, como las de reciente aparición.
Así, hay logros, con enfermedades que se han erradicado del catálogo de los problemas que significaron retos históricos en nuestro país. Pero también continúan los brotes de ciertos padecimientos propios del subdesarrollo, que parecían haberse erradicado y que de la noche a la mañana nos vuelven a amenazar.
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