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Cada vez que se celebra el Día Internacional de la Mujer nos enteramos de avances y retrocesos, dentro y fuera de nuestro país.
En cuanto a los avances, es muy alentador, por ejemplo, enterarnos de que, según datos difundidos por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el empleo para las mujeres latinoamericanas y caribeñas creció de 35% en 1980 a 53% en el 2007, tendencias que, esperamos, hayan continuado en los dos años siguientes, a pesar de la crisis.
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Participé hace apenas unas semanas en una mesa redonda sobre la mujer en la sociedad moderna como defensora de la paz.
Tuve, además, el gusto de compartir esta experiencia con amigas a las que admiro y respeto. No me quedó duda de que todas las presentes en esa reunión tienen la costumbre de imprimir pasión y talento a su quehacer cotidiano. Y, por supuesto, suman a su arduo trabajo otras muchas acciones y responsabilidades en el plano de la cultura, la economía o la política, además de ser parte medular de la sociedad y la vida familiar, como resultado de una participación armónica, inteligente, de fuerza y refinamiento espiritual.
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El tema de la seguridad pública en la ciudad de México, lo sabemos, es recurrente, constituye una de las principales preocupaciones de los capitalinos, quienes vemos con desesperanza que el ambiente de zozobra y vulnerabilidad en el que vivimos está lejos de cambiar.
Las estadísticas nos muestran lo crítico del panorama en este rubro, pero para constatar la gravedad del asunto bastaría con poner atención a las percepciones ciudadanas. Porque es difícil encontrar alguna persona en esta ciudad que no haya sido víctima de la delincuencia o no sepa de una experiencia desagradable en ese sentido en su círculo cercano, sean familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo.
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Violencia y muerte son la constante en Ciudad Juárez desde hace largos años, pero la masacre de 16 jóvenes ocurrida el 31 de enero ha llevado esa grave situación a extremos de escándalo.
El espantoso acribillamiento en Villas de Salvárcar rebasó cualquier límite, por extremo que ya fuera el ambiente de inseguridad y e impunidad en aquella ciudad fronteriza.
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Además de la crisis económica, tenemos otros agobios que conforman ya un pesado paquete de prioridades impostergables.
En esa red tan compleja de problemas que debemos afrontar en el 2010 con la mayor urgencia resolutiva, existe uno que se vincula con la salud pública: las elevadas prevalencias de sobrepeso, obesidad y diabetes en nuestro país.
Hace apenas unos días el presidente Felipe Calderón dio a conocer cifras que resultaron verdaderamente aterradoras, pues ocupamos ya el primer lugar de obesidad a escala mundial en cuanto a población infantil, y el segundo en la categoría de adultos.
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